Sin hacer política-ficción, es fácil imaginar una Europa en la que, en tan solo doce meses, triunfan los extremismos y el centro se hunde estrepitosamente. En Francia, o gana Le Pen o es Mélenchon. En Alemania, la AfD continúa su ascenso en las elecciones de los länder y el liderazgo de Merz entra en barrena. En España, el nuevo gobierno depende crucialmente de Vox. Y en Italia, los retos a Meloni surgen de posiciones aún más extremas. Hay resultados electorales, como el de Suecia, que contrastan con esta tendencia al extremismo, pero son la excepción.

Dos líderes centristas, Macron y Merz, ilustran el dilema de nuestras democracias. Sus perfiles políticos y personales son similares. Ambos proceden de las élites financieras y, en su salto a la política, han tratado de aplicar unas reformas económicas y sociales que les han granjeado una enorme impopularidad. La más paradigmática es la de las pensiones. Macron lo intentó hace unos años y Merz hace pocos meses. En ambos casos, tratan de garantizar la viabilidad de las pensiones públicas. Los sistemas de reparto, como el que también tenemos en España, no son sostenibles si las prestaciones y las contribuciones no se adecuan al envejecimiento de la sociedad. A Macron y Merz, y a tantos otros, les ocurre lo que ya dijo Jean Claude Juncker en su día: “Todos sabemos qué tenemos que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo”.

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Las democracias europeas se fragmentan porque cada vez cuesta más acordar qué significa progresar y qué sacrificios exige

Hay muchas tesis sobre por qué los extremismos están ganando terreno y el centro político se desmorona: el efecto cámara de eco de las redes sociales, las desigualdades generadas por la globalización, el impacto de la tecnología en las perspectivas de empleo y la sociabilidad de las personas, y un largo etcétera. Otra explicación posible es que las sociedades actuales agrupan a gente muy diversa y nos cuesta mucho ponernos de acuerdo sobre asuntos colectivos tan fundamentales como qué significa progresar económica y socialmente.

Cuando empecé a estudiar economía tenía un profesor que nos hablaba insistentemente del pastel, lo que provocaba cierto desconcierto entre los estudiantes. Pero era una metáfora útil. En aquel entonces, las patronales y los sindicatos luchaban por el reparto del pastel y el terreno de juego estaba bien delimitado. Me temo que lo que nos ocurre hoy es que no nos ponemos de acuerdo ni en cuál es el pastel ni en si debe o no aumentar. En Catalunya, por ejemplo, los asuntos políticamente más peliagudos son las políticas de vivienda, el papel del turismo, las nucleares y las renovables, la política inmigratoria, la ampliación del aeropuerto y cómo se organiza nuestro sistema educativo. En todos ellos se contraponen visiones del futuro diametralmente contrapuestas. En el tema del aeropuerto, por escoger uno, para los partidarios de su ampliación es un factor determinante del progreso del país en las próximas décadas. Sus detractores, por el contrario, no compran esa noción de progreso. No creen en ese tipo de pastel.