El BCE decidió elevar tipos de interés, un alza que no es la última y sobre la que habrá que regresar. Porque hoy quisiera hablar de PISA, cuyos resultados van mucho más allá de lo puramente escolar: la estrecha relación entre crecimiento de la productividad, nivel salarial y educación (real, no formal) es de sobras conocida. Y con registros parecidos se refuerza un modelo intensivo en mano de obra y de baja remuneración: con ellos, no esperen mejoras relevantes en el valor añadido por trabajador. PISA no es, pues, un ámbito privado de la escuela o de la Administración: nos va en su mejora el futuro de todos. Por ello, permítanme comentar algunos aspectos que me parecen relevantes.

Primero, profesionalidad de los docentes. Más allá de problemas reales por falta de recursos, que seguro existen, su trabajo algo debe tener que ver con este PISA y los anteriores. En este orden de ideas, sorprende la oposición de los enseñantes a medidas, adoptadas hace más de 20 años, para mejorar la calidad docente, como la sexta hora en la escuela pública (equivalente al final del período obligatorio a un curso entero) o la reconsideración de los horarios intensivos.

Los responsables de la filosofía educativa que ha presidido este desastre deben apartarse

Segundo, papel de las tecnologías. A buen seguro que la covid, los teléfonos, las pantallas y el scroll infinito han afectado negativamente. Pero el énfasis en esos aspectos tiene la virtud de desplazar las responsabilidades de ese sonoro fracaso fuera del aula o de los despachos ministeriales. Porque los que hemos enseñado en la universidad hemos sido testigos de pérdidas de nivel desde, como mínimo, finales de los años noventa: el desprecio de la memoria, el rechazo del esfuerzo o la omisión de la lectura, han sido, lastimosamente, pan de cada día y no son de ahora.

Tercero, carácter clasista de este desaguisado. Porque son las clases que precisan de la escuela pública las que, en el medio y largo plazo, van a pagar su falta de formación: el choque de competi­tividad que viene de Asia está ya desarbolando a la industria alemana. Imagínense sus efectos sobre nosotros.

Y, finalmente, vayamos al meollo de lo que nos está sucediendo. La raíz última de los fracasos de hoy deriva de una concepción social utópica, según la cual los niños no necesitan, ni deben, esforzarse y en la que la excelencia está penalizada. Si esa filosofía educativa no se corrige no hay, no habrá, manera de avanzar. Pero cambiarla no es simple: se trata de concepciones muy extendidas entre los docentes, pero también en la propia
administración educativa.

Quizás el desastre de PISA nos obligue, finalmente, a rechazar lo que ha sido un experimento social gigantesco sobre nuestros hijos y nietos, hecho sin red ni control de resultados. Los responsables de la filosofía educativa que ha presidido este desastre, sean pedagogos o psicopedagogos, deben apartarse. Su fracaso, y con él el del país, ha sido absoluto.